...Entonces empecé a sentirme bien con la angustia. Mi mayor placer era hacer creer a todos que me derrumbaba mientras que mi alma reía. Comencé, después, a disfrutar inexplicablemente del sufrimiento y, pronto, el misterio me llevó a buscar el dolor. La pena fue creciendo en mí como un gran cáncer, hasta que fuimos uno y no podía ser separada de mí sin destruirme. Mis manos fueron sintiendo el peso de la falta de alegría, siguieron mis pies, y finalmente mi columna. Fue entonces cuando mi espalda escupió esta joroba.
-Carolina Ibáñez, del libro Quince líneas. Relatos hiperbreves-