martes, 17 de febrero de 2009

La pata de mono

I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.

-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.

-Mate -contestó el hijo.

-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.

-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.

-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.

-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.

-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.

-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.

-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.

-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

-Se cumplieron -dijo el sargento.

-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.

-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?

-No sé -contestó el otro-. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.

-Si usted no la quiere, Morris, démela.

-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

-¿Cómo se hace?

-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.

-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.

-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.

-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.

-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.


II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.

-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.

-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.

-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.

-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

-Lo siento... -empezó el otro.

-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.

-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.

-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

-Doscientas libras -fue la respuesta.

Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.


III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.

Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.

-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

-La quiero. ¿No la has destruido?

-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

-Sólo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?

-¿Pensaste en qué? -preguntó.

-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.

-¿No fue bastante?

-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

-Dios mío, estás loca.

-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?

-Fue una coincidencia.

-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...

-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-¡Pídelo! -gritó con violencia.

-Es absurdo y perverso -balbuceó.

-Pídelo -repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

-¿Qué es eso? -gritó la mujer.

-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.

-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.

-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.

-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.

-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara...

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.



-W.W. Jacobs-

sábado, 14 de febrero de 2009

Día festivo

Me fui para huir de la fiesta, la fiesta odiosa y estrepitosa, la fiesta de petardos y banderas que rompe los tímpanos y hace polvo la vista.
Estar solo, completamente solo durante unos días, es una de las mejores cosas que sé hacer. No escuchar a nadie repetir las tonterías que sabemos desde hace tiempo, no ver ninguna cara conocida de la que adivinamos de antemano su pensamiento, con la simple expresión de sus ojos, cuyas palabras se adivinan, de la que esperamos su ánimo contrariado, es para el alma una especie de baño fresco y relajante, un baño de silencio, de aislamiento y de descanso.
¿Por qué decir a dónde iba? ¡Qué importa! Seguía a pie el borde de un río, y percibí a lo lejos los tres campanarios de una vieja iglesia en lo alto de un pueblecito al que llegaré dentro de poco. La hierba joven, brillante, la hierba de la primavera crecía sobre la pendiente orilla hasta el agua, y el agua se deslizaba viva y clara, sobre este lecho verde y reluciente, un agua alegre que parecía correr como un animal gozoso en una pradera.
De vez en cuando una estaca delgada y larga, inclinada hacia el río, señalaba un pescador de caña escondido tras un matorral.
¿Quiénes eran estos hombres a los que el deseo de coger al extremo de un hilo un animal gordo como una brizna de paja, mantenía días enteros, de la aurora al crepúsculo, bajo el sol o bajo la lluvia, acuclillados bajo un sauce, con el corazón palpitante, el alma agitada, la vista fija sobre un corcho?
¿Estos hombres? Entre ellos hay artistas, grandes artistas, obreros, burgueses, escritores, pintores, a los que una misma pasión, dominadora, irresistible, ata a los márgenes de los arroyos y de los ríos más sólidamente que el amor de un hombre une a los pasos de una mujer.
Olvidan todo, a todo el mundo, su casa, su familia, sus niños, sus negocios, sus preocupaciones, para mirar en los remolinos a ese pequeño flotador que se mueve.
Nunca la mirada ardiente de un enamorado ha buscado el secreto escondido en la mirada de su amada con más angustia y tenacidad que la mirada del pescador que busca adivinar qué animal ha mordido el anzuelo en la profundidad del agua.
¡Canten, pues, la pasión, oh poetas! ¡Hela aquí! ¡Oh, misterios del corazón humano, misterio insondable de las relaciones, misterio de los amores inexplicables, misterio de las aficiones sembradas en el ser humano por la incomprensible naturaleza, que los calarán para siempre!
¿Cómo es posible que hombres de inteligencia probada retornen durante toda su vida a pasar las jornadas, de la mañana a la noche, con toda su alma, con toda la fuerza de su esperanza, a desear coger del fondo del agua, con una punta de acero, un pececito, que puede que no lleguen a pescar nunca?
¡Canten, pues, la pasión, poetas!
Sobre una terraza que dominaba el río, una mujer acodada estaba pensando. ¿A dónde se dirigía su sueño? Hacia lo imposible, hacia la irrealizable esperanza, o hacia cualquier dicha vulgar ya consumada.
¿Hay algo más encantador que una mujer que sueña? Toda la poesía del mundo está allí, en lo desconocido de su pensamiento. Yo la miraba. Ella no me veía. ¿Estaba triste o feliz? ¿Pensaba en el pasado o bien en el porvenir? Las golondrinas sobre su cabeza describían bruscos tirabuzones o grandes y rápidas curvas.
¿Estaba feliz o triste? No lo pude adivinar.
Percibía cómo la ciudad y los campanarios de la iglesia iban creciendo. Distinguí pronto las banderas. Así que iba a encontrarme con la fiesta. ¡Mala suerte! Al menos en esta ciudad no conocía a nadie.
Dormí en un hotel. A la aurora me despertaron cañonazos. Con el pretexto de celebrar la libertad se perturba el sueño de la gente, cualquiera que sea su opinión. Dos chiquillos respondieron a la artillería oficial haciendo estallar unos petardos en la calle. Tuve que levantarme.
Salí. La ciudad estaba de fiesta ya. Los burgueses se acercaban a sus puertas y miraban las banderas con aspecto feliz. Reían, se habían levantado para la fiesta, ¡en fin!
¡El pueblo estaba de fiesta! ¿Por qué? ¿Lo sabía? No. Se le había comunicado que estaría de fiesta... estaba de fiesta este pueblo. Estaba contento, feliz. Hasta la noche permanecería así en estado de alegría, por orden de la autoridad, y mañana habría acabado todo.
¡Qué estupidez! ¡Estupidez! ¡Estupidez humana de innombrables rostros, de innombrables metamorfosis, de innombrables apariencias! ¡Por toda Francia se reunían con pólvora y banderas! ¿Por qué esta alegría nacional? ¿Para celebrar la consagración de la libertad el día mismo en que aparece, más amenazante que las tiranías imperiales o reales, la tiranía republicana?
Vagué por las calles hasta la hora en que el júbilo público llegó a ser insoportable. Los orfeones berreaban, los artificios crepitaban, la muchedumbre se agitaba, vociferaba. Y todas las risas expresaban la misma satisfacción estúpida.
Yo me encontré, por casualidad, delante de la iglesia cuyas dos torres había visto de lejos la víspera. Entré en ella. Estaba vacía, alta, fría, muerta. Al fondo del oscuro coro, brillaba, como un punto de oro, la lámpara del tabernáculo. Y me senté en ese descanso helado.
Fuera escuchaba, tan lejos que parecían venidos de otros mundos, las detonaciones de cohetes y los clamores de la multitud. Y me puse a observar una inmensa vidriera que difundía al templo adormecido un día cargado y cárdeno. Representaba también a un pueblo, el pueblo de otro siglo celebrando una fiesta en otro tiempo, la de un santo, seguramente. Los hombrecitos de cristal, extrañamente vestidos, subían en procesión a lo largo de la enorme y antigua ventana. Llevaban pendones, un relicario, cruces, cirios y sus bocas abiertas representaban cantos. Algunos bailaban, brazos y piernas alzados. Así que, en todas las épocas del mundo, la eterna muchedumbre llevó a cabo los mismos actos. En otros tiempos se festejaba a Dios, ¡hoy festejamos la República! ¡Estas son las creencias humanas!
Yo pensaba en miles de cosas oscuras del fondo del pensamiento que salen a la superficie, un día, no se sabe el porqué. Y me decía a mí mismo que las iglesias hacen el bien los días que no se canta en ellas.
Alguien entró con un paso rápido y ligero. Giré la cabeza. ¡Era una mujer! Iba deprisa, hasta la verja del coro, con velo, la frente baja, luego cayó sobre sus rodillas como cae un animal herido. Creía que estaba sola, completamente sola, no habiéndome visto detrás de un pilar. Colocó la cara entre sus manos y la escuché llorar.
¡Oh! ¡Lloraba con esas lágrimas vehementes de los grandes sufrimientos!¡Cómo debía de sufrir, la miserable, para llorar así! ¿Era por un niño agonizante? ¿Por un amor perdido?
Los sonidos de una charanga ruidosa, detonando en una calle próxima, me llegaban débiles a través de los muros de la iglesia; pero todo el ruido del pueblo jubiloso no me parecía más que un insignificante rumor al lado del débil sollozo que pasaba a través de los finos dedos de esta mujer.
¡Ah! ¡Pobre corazón, pobre corazón, cómo sentía yo su pena desconocida! ¿Hay algo más triste sobre la tierra que escuchar llorar a una mujer?
Yo me dije de pronto: “Era aquella, la que vi soñar ayer, sobre la terraza”. No dudé más, ¡era aquella! ¿Qué había ocurrido en esta alma desde ayer? ¿Cuánto había sufrido, qué raudal de dolor la había inundado?
Ayer, ella esperaba. ¿Qué? ¿Una carta? Una carta que le había dicho “adiós” ¡o bien había visto en los ojos de un hombre, postrado sobre la cama a causa de una enfermedad, que toda esperanza debía desaparecer! ¡Cómo lloraba! ¡Ah!, todos los gritos alegres y todas las risas que habré de escuchar hasta el día de mi muerte no borrarán nunca de mis oídos estos suspiros de dolor humano.
Y pensé, a punto de sollozar yo mismo, tan poderoso era el contagio de sus lágrimas: “Si se cierran para siempre las iglesias, ¿a dónde irán a llorar las mujeres?”



-Guy de Maupassant-

martes, 10 de febrero de 2009

Campeones

El taco hizo un último vaivén sobre el paño verde, picó al mingo y lo restalló contra la bola quince. Las manos rollizas, cetrinas, permanecieron quietas hasta que la bola hizo "clop" en la tronera y luego alzaron el taco hasta situarlo diagonalmente frente al rostro ácnido y fatuo: el ricito envaselinado estaba ordenadamente caído sobre la frente, la oreja atrapillaba el cigarrillo, la mirada era oblicua y burlona, y la pelusilla del bigote había sido acentuada a lápiz.
-¿Qui'ubo, men? -dijo la voz aguda-. Ése sí fue un tiro de campión, ¿eh?
Se echó a reír, entonces.
Su cuerpo chaparro, grasiento, se volvió una mota alegremente tembluzca dentro de los ceñidos mahones y la camiseta sudada.
Contemplaba a Gavilán -los ojos, demasiado vivos, no parecían tan vivos ya; la barba, de tres días, pretendía enmarañar el malhumor del rostro y no lo lograba; el cigarrillo, cenizoso, mantenía cerrados los labios, detrás de los cuales nadaban las palabrotas- y disfrutaba de la hazaña perpetrada.
Le había ganado dos mesas corridas. Cierto que Gavilán había estado seis meses en la cárcel, pero eso no importaba ahora. Lo que importaba era que había perdido dos mesas con él, a quien estas victorias colocaban en una posición privilegiada. Lo ponían sobre los demás, sobre los mejores jugadores del barrio y sobre los que le echaban en cara la inferioridad de sus dieciséis años -su "nenura"- en aquel ambiente. Nadie podría ahora despojarle de su lugar en Harlem. Era el nuevo, el sucesor de Gavilán y los demás individuos respetables. Era igual... No. Superior, por su juventud: tenía más tiempo y oportunidades para sobrepasar todas las hazañas de ellos.
Tenía ganas de salir a la calle y gritar: "¡Le gané dos mesas corridas a Gavilán! ¡Digan ahora! ¡Anden y digan ahora!" No lo hizo. Tan sólo entizó su taco y se dijo que no valía la pena. Hacía sol afuera, pero era sábado y los vecinos andarían por el mercado a esta hora de la mañana. No tendría más público que chiquillos mocosos y abuelas desinteresadas. Además, cierta humildad era buena característica de campeones.
Recogió la peseta que Gavilán tiraba sobre el paño y cambió una sonrisa ufana con el coime y los tres espectadores.
-Cobra lo tuyo -dijo al coime, deseando que algún espectador se moviera hacia las otras mesas para regar la noticia, para comentar cómo él, Puruco, aquel chiquillo demasiado gordo, el de la cara barrosa y la voz cómica, había puesto en ridículo al gran Gavilán. Pero, al parecer, estos tres esperaban otra prueba.
Guardó sus quince centavos y dijo a Gavilán, que se secaba su demasiado sudor de la cara:
-¡Vamos pa'la otra?
-Vamoh -dijo Gavilán, cogiendo de la taquera otro taco para entizarlo meticulosamente.
El coime desenganchó el triángulo e hizo la piña de la próxima tanda.
Rompió Puruco, dedicándose en seguida a silbar y a pasearse alrededor de la mesa elásticamente, casi en la punta de las tenis.
Gavilán se acercó al mingo con su pesadez característica y lo centró, pero no picó todavía. Simplemente alzó la cabeza, peludísima, dejando el cuerpo inclinado sobre el taco y el paño, para decir:
-Oye, déjame el pitito.
-Okey, men -dijo Puruco, y batuteó su taco hasta que oyó el tacazo de Gavilán y volvieron a correr y chasquear las bolas. Ninguna se entroneró.
-Ay, bendito -dijo Peruco-. Si lo tengo muerto a ehte hombre.
Picó hacia la uno, que se fue y dejó a la dos enfilada hacia la tronera izquierda. También la dos se fue. Él no podía dejar de sonreír hacia uno y otro rincón del salón. Parecía invitar a las arañas, a las moscas, a los boliteros dispersos entre la concurrencia de las demás mesas, a presenciar esto.
Estudió cuidadosamente la posición de cada bola. Quería ganar esta otra mesa también, aprovechar la reciente lectura del libro de Willie Hoppe y las prácticas de todos aquellos meses en que había recibido la burla de sus contrincantes. El año pasado no era más que una chata; ahora comenzaba la verdadera vida, la de campeón. Derrotado Gavilán, derrotaría a Mamerto y al Bimbo... "¡Ábranle paso a Puruco!", dirían los conocedores. Y él impresionaría a los dueños de billares, se haría de buenas conexiones. Sería guardaespaldas de algunos y amigo íntimo de otros. Tendría cigarrillos y cerveza gratis. Y mujeres, no chiquillas estúpidas que andaban siempre con miedo y que no iban más allá de algún apretujón en el cine. De ahí, a la fama: el macho del barrio, el individuo indispensable para cualquier asunto -la bolita, el tráfico de narcóticos, la hembra de Riverside Drive de paseo por el barrio, la pelea de esta pandilla con la otra para resolver "cosas de hombres".
Con un pujido, pifió la tres y maldijo. Gavilán estaba detrás de él cuando se dio vuelta.
-¡Cuidado con echarme fufú! -dijo, encrespándose.
Y Gavilán:
-Ay, deja eso.
-No; no me vengah con eso, men. A cuenta que estah perdiendo.
Gavilán no respondió. Centró al mingo a través del humo que le arrugaba las facciones y lo disparó para entronerar dos bolas en bandas contrarias.
-¿Lo ve? -dijo Puruco, y cruzó los dedos para salvaguardarse.
-¡Cállate la boca!
Gavilán tiró a banda, tratando de meter la cinco, pero falló. Puruco estudió la posición de su bola y se decidió por la tronera más lejana, pero más segura. Mientras centraba, se dio cuenta de que tendría que descruzar los dedos. Miró a Gavilán con suspicacia y cruzó las dos piernas para picar. Falló el tiro.
Cuando alzó la vista, Gavilán sonreía y se chupaba la encía superior para escupir su piorrea. Ya no dudó de que era víctima de un hechizo.
-No relajeh, men. Juega limpio.
Gavilán lo miró extrañado, pisando el cigarrillo distraídamente.
-¿Qué te pasa a ti?
-No -dijo Puruco-; que no sigah con ese bilongo.
-¡Adió! -rió Gavilán-. Si éhte cree en brujoh.
Llevó el taco atrás de su cintura, amagó una vez y entroneró fácilmente. Volvió a entronerar en la próxima. Y en la otra. Puruco se puso nervioso. O Gavilán estaba recobrando su destreza, o aquel bilongo le empujaba el taco. Si no sacaba más ventaja, Gavilán ganaría esta mesa. Entizó su taco, tocó madera tres veces y aguardó turno. Gavilán falló su quinto tiro. Entonces Puruco midió distancia. Picó, metiendo la ocho. Hizo una combinación para entronerar la once con la nueve. La nueve se fue luego. Caramboleó la doce a la tronera y falló luego la diez. Gavilán también la falló. Por fin logró Puruco meterla, pero para la trece casi rasga el paño. Sumó mentalmente. No le faltaban más que ocho tantos, de manera que podía calmarse.
Pasó el cigarrillo de la oreja a los labios. Cuando lo encendía, de espaldas a la mesa para que el abanico no apagara el fósforo, vio la sonrisa socarrona del coime. Se volvió rápidamente y cogió a Gavilán in fraganti: los pies levantados del piso, mientras el cuerpo se ladeaba sobre la banda para hacer fácil el tiro. Antes de que pudiera hablar, Gavilán había entronerado la bola.
-¡Oye, men!
-¿Qué pasa? -dijo Gavilán tranquilamente, ojeando el otro tiro.
-¡No me vengah con eso, chico! Así no me ganah.
Gavilán arqueó una ceja para mirarlo, y aguzó el hocico mordiendo el interior de la boca.
-¿Qué te duele? -dijo.
-No, que así no -abrió los brazos Puruco, casi dándole al coime con el taco. Tiró el cigarrillo violentamente y dijo a los espectadores-: Uhtedeh lo han vihto, ¿veldá?
-¿Vihto qué? -dijo, inmutable, Gavilán.
-Na, la puercá esa -chillaba Puruco-. ¿Tú te creh que yo soy bobo?
-Adioh, cará -rió Gavilán-. No me pretgunteh a mí, porque a lo mejol te lo digo.
Puruco dio con el taco sobre una banda de la mesa.
-A mí me tieneh que jugar limpio. No te conformah con hacerme cábala primero, sino que dehpueh te meteh hacer trampa.
-¿Quién hizo trampa? -dijo Gavilán. Dejó el taco sobre la mesa y se acercó, sonriendo, a Puruco-. ¿Tú diceh que yo soy tramposo?
-No -dijo Puruco, cambiando de tono, aniñando la voz, vacilando sobre sus pies-. Pero eh qui así no se debe jugar, men. Si ti han vihto.
Gavilán se viró hacia los otros.
-¿Yo he hecho trampa?
Sólo el coime sacudió la cabeza. Los demás no dijeron nada, cambiaron de vista.
-Pero si ehtabah encaramao en la mesa, men -dijo Puruco.
Gavilán le empuñó la camiseta como sin querer, desnudándole la espalda fofa cuando lo atrajo hacia él.
-A mí nadie me llama tramposo.
En todas las otras mesas se había detenido el juego. Los demás observaban desde lejos. No se oía más que el zumbido del abanico y de las moscas, y la gritería de los chiquillos en la calle.
-¿Tú te creeh qui un pilemielda como tú me va llamar a mí tramposo? -dijo Gavilán, forzando sobre el pecho de Puruco el puño que desgarraba la camiseta-. Te dejo ganar doh mesitah pa que tengas de qué echártelah, y ya te creeh rey. Echa p'allá, infelih -dijo entre dientes-. Cuando crehcas noh vemo.
El empujón lanzó a Puruco contra la pared de yeso, donde su espalda se estrelló de plano. El estampido llenó de huecos el silencio. Alguien rió, jijeando. Alguien dijo: "Fanfarrón que es".
-Y lárgate di aquí anteh que te meta tremenda patá -dijo Gavilán.
-Okey, men -tartajeó Puruco, dejando caer el taco.
Salió sin atreverse a alzar la vista, oyendo de nuevo tacazos en las mesas, risitas. En la calle tuvo ganas de llorar, pero se resistió. Eso era de mujercitas. No le dolía el golpe recibido; más le dolía lo otro: aquel "cuando crehcas noh vemo". Él era un hombre ya. Si le golpeaban, si lo mataban, que lo hicieran olvidándose de sus dieciséis años. Era un hombre ya. Podía hacer daño, mucho daño, y también podía sobrevivir a él.
Cruzó a la otra acera pateando furiosamente una lata de cerveza, las manos pellizcando, desde dentro de los bolsillos, su cuerpo clavado a la cruz de la adolescencia.
Le había dejado ganar dos mesas, decía Gavilán. Embuste. Sabía que las perdería todas con él, de ahora en adelante, con el nuevo campeón. Por eso la brujería, por eso la trampa, por eso el golpe. Ah, pero aquellos tres individuos regarían la noticia de la caída de Gavilán. Después Mamerto y el Bimbo. Nadie podía detenerle ahora. El barrio, el mundo entero, iba a ser suyo.
Cuando el aro del barril se le enredó entre las piernas, lo pateó a un lado. Le dio un manotazo al chiquillo que venía a recogerlo.
-Cuidao, men, que te parto un ojo -dijo, iracundo.
Y siguió andando, sin preocuparse de la madre que le maldecía y corría hacia el chiquillo lloroso. Con los labios apretados, respiraba hondo. A su paso, veía caer serpentinas y llover vítores de las ventanas desiertas y cerradas.
Era un campeón. Iba alerta sólo al daño.



-Pedro Juan Soto-

sábado, 7 de febrero de 2009

Mi crimen favorito

Después de haber asesinado a mi padre en circunstancias singularmente atroces, fui arrestado y enjuiciado en un proceso que duró siete años. Al exhortar al jurado, el juez de la Corte de Absoluciones señaló que el mío era uno de los más espantosos crímenes que había tenido que juzgar.
A lo que mi abogado se levantó y dijo:
-Si Vuestra Señoría me permite, los crímenes son horribles o agradables sólo por comparación. Si conociera usted los detalles del asesinato previo de su tío que cometió mi cliente, advertiría en su último delito (si es que delito puede llamarse) una cierta indulgencia y una filial consideración por los sentimientos de la víctima. La aterradora ferocidad del anterior asesinato era verdaderamente incompatible con cualquier hipótesis que no fuera la de culpabilidad, y de no haber sido por el hecho de que el honorable juez que presidió el juicio era el presidente de la compañía de seguros en la que mi cliente tenía una póliza contra riesgos de ahorcamiento, es difícil estimar cómo podría haber sido decentemente absuelto. Si Su Señoría desea oírlo, para instrucción y guía de la mente de Su Señoría, este infeliz hombre, mi cliente, consentirá en tomarse el trabajo de relatarlo bajo juramento.
El Fiscal del Distrito dijo:
-Me opongo, Su Señoría. Tal declaración podría ser considerada una prueba, y los testimonios del caso han sido cerrados. La declaración del prisionero debió presentarse hace tres años, en la primavera de 1881.
-En sentido estatutario -dijo el juez- tiene razón, y en la Corte de Objeciones y Tecnicismos obtendría un fallo a su favor. Pero no en una Corte de Absoluciones. Objeción denegada.
-Recuso -dijo el Fiscal de distrito.
-No puede hacerlo -contestó el Juez-. Debo recordarle que para hacer una recusación debe lograr primero transferir este caso, por un tiempo, a la Corte de Recusaciones, en una demanda formal, debidamente justificada con declaraciones escritas. Una demanda a ese efecto, hecha por su predecesor en el cargo, le fue denegada por mí durante el primer año de este juicio. Oficial, haga jurar al prisionero.
Habiendo sido administrado el juramento de costumbre, hice la siguiente declaración, que impresionó tanto al juez debido a la comparativa trivialidad del delito por el cual se me juzgaba, que no buscó ya circunstancias atenuantes, sino que, sencillamente, instruyó al jurado para que me absolviera. Así abandoné la corte sin mancha alguna sobre mi reputación.
"Nací en 1856 en Kalamakee, Michigan, de padres honestos y honrados, uno de los cuales el Cielo ha perdonado piadosamente, para consuelo de mis últimos años. En 1867 la familia llegó a Califorma y se estableció cerca de Nigger Head, estableciendo una empresa de salteadores de caminos que prosperó más allá de cualquier sueño de lucro. Mi padre era entonces un hombre reticente y melancólico, y aunque su creciente edad ha relajado un poco su austera disposición, creo que nada, fuera del recuerdo del triste episodio por el que ahora se me juzga, le impide manifestar una genuina hilaridad. "Cuatro años después de haber puesto en servicio nuestra empresa de salteadores, llegó hasta allí un predicador ambulante, que no teniendo otra manera de pagar el alojamiento nocturno que le dimos, nos favoreció con una exhortación de tal fuerza que, alabado sea Dios, nos convertimos todos a la religión. Mi padre mandó llamar inmediatamente a su hermano, el honorable William Ridley, de Stockton, y apenas llegó le entregó el negocio, sin cobrarle nada por la licencia ni por la instalación... esta última consistente en un rifle Winchester, una escopeta de caño recortado y un juego de máscaras fabricados con bolsas de harina. La familia se trasladó entonces a Ghost Rock y abrió una casa de baile. Se le llamó "La Gaita del Descanso de los Santos", y cada noche la cosa empezaba con una plegaria. Fue aquí donde mi ahora santa madre adquirió el apodo de "La Morsa Galopante".
"En el otoño del 75 tuve ocasión de visitar Coyote, en el camino a Mahala, y tomé la diligencia en Ghost Rock. Había otros cuatro pasajeros. A unas tres millas más allá de Nigger Head, unas personas que identifiqué como mi tío William y sus dos hijos, detuvieron la diligencia. No encontrando nada en la caja del expreso, registraron a los pasajeros. Actué honorablemente en el asunto, colocándome en fila con los otros, levantando las manos y permitiendo que me despojaran de cuarenta dólares y un reloj de oro. Por mi conducta nadie pudo haber sospechado que conocía a los caballeros que daban la función. Unos días después, cuando fui a Nigger Head y pedí la devolución de mi dinero y mi reloj, mi tío y mis primos juraron que no sabían nada del asunto y afectaron creer que mi padre y yo habíamos hecho el trabajo violando deshonestamente la buena fe comercial. El tío William llegó a amenazar con poner una casa de baile competidora en Ghost Rock. Como "El Descanso de los Santos" se había hecho muy impopular, me di cuenta de que esto sin duda alguna terminaría por arruinarla y se convertiría para ellos en una empresa de éxito, de modo que le dije a mi tío que estaba dispuesto a olvidar el pasado si consentía en incluirme en el proyecto y mantener el secreto de nuestra sociedad ante mi padre. Rechazó esta justa oferta, y entonces advertí que todo sería mejor y más satisfactorio si él estuviera muerto.
"Mis planes para ese fin se vieron pronto perfeccionados y, al comunicárselos a mis amados padres, tuve la satisfacción de recibir su aprobación. Mi padre dijo que estaba orgulloso de mí y mi madre prometió que, aunque su religión le prohibiera ayudar a quitar vidas humanas, tendría yo la ventaja de contar con sus plegarlas para mi éxito. Como medida preliminar con miras a mi seguridad en caso de descubrimiento, presenté una solicitud de socio en esa poderosa orden, los Caballeros del Crimen, y a su debido tiempo fui recibido como miembro de la comandancia de Ghost Rock. Cuando terminó mi noviciado, se me permitió por primera vez inspeccionar los registros de la Orden y saber quién pertenecía a ella, ya que todos los ritos de iniciación se habían llevado a cabo enmascarados. ¡Imaginen mi sorpresa cuando, mirando la nómina de asociados, encontré que el tercer nombre era el de mi tío, que en realidad era vicecanciller adjunto de la Orden! Era ésta una oportunidad que excedía mis sueños más desenfrenados: ¡al asesinato podía agregar la insubordinación y la traición! Era lo que mi buena madre hubiera llamado "un regalo de la Providencia".
"Por entonces ocurrió algo que hizo que mi copa de júbilo, ya llena, desbordara por todos lados en una cascada de bienaventuranzas. Tres hombres, extranjeros en esa localidad, fueron arrestados por el robo a la diligencia en el que yo había perdido mi dinero y mi reloj. Fueron enjuiciados y, a pesar de mis esfuerzos para absolverlos e imputar la culpa a tres de los más respetables y dignos ciudadanos de Ghost Rock, se los declaró culpables en base a las pruebas más evidentes. El asesinato de mi tío sería ahora tan injustificable e irrazonable como podía desearse.
"Una mañana me puse el Winchester al hombro y, yendo a casa de mi tío, cerca de Nigger Head, le pregunté a mi tía Mary, su esposa, si estaba él en casa, agregando que había venido a matarlo. Mi tía replicó, con su peculiar sonrisa, que tantos caballeros lo visitaban con esa intención y que después se iban sin haberlo logrado, que yo debía disculparla por dudar de mi buena fe en el asunto. Dijo que yo no daba la impresión de ir a matar a nadie, así que, como prueba de buena fe, levanté mi rifle y herí a un chino que pasaba frente a la casa. Ella dijo que conocía familias enteras que podían hacer cosas semejantes, pero que Bill Ridley era caballo de otro pelo. Dijo, sin embargo, que lo encontraría al otro lado del estero, en el solar de las ovejas, y agregó que esperaba que ganara el mejor.
"Mi tía Mary era una de las mujeres más imparciales que he conocido.
"Encontré a mi tío arrodillado, esquilando una oveja. Viendo que no tenía a mano rifle ni pistola no tuve ánimo para disparar, así que me acerqué, lo saludé amablemente y le di un buen golpe en la cabeza con la culata del rifle. Tengo buena mano y el tío William cayó sobre un costado, se dio vuelta sobre la espalda, abrió los dedos y tembló. Antes de que pudiera recobrar el uso de sus miembros, cogí el cuchillo que él había estado usando y le corté los tendones. Ustedes saben, sin duda, que cuando se cortan los tendones de Aquiles el paciente pierde el uso de su pierna; es exactamente igual que si no tuviera pierna. Bien, le seccioné los dos y cuando revivió estaba a mi disposición. Tan pronto como comprendió la situación, dijo:
"-Samuel, has conseguido vencerme y puedes permitirte ser generoso. Sólo quiero pedirte una cosa, y es que me lleves a mi casa y me liquides en el seno de mi familia.
"Le dije que consideraba éste un pedido perfectamente razonable y que así lo haría si me permitía meterlo en una bolsa de trigo; sería más fácil llevarlo de esa manera y si los vecinos nos vieran en camino provocaría menos comentarios. Estuvo de acuerdo y yendo al granero traje una bolsa. Esta, sin embargo, no le iba bien; era muy corta y mucho más ancha que él, así que le doblé las piernas, le forcé las rodillas contra el pecho y así lo metí, atando la bolsa sobre su cabeza. Era un hombre pesado e hice todo lo posible por ponérmelo a la espalda, pero anduve a los tumbos un trecho hasta que llegué a una hamaca que algunos chicos habían colgado de la rama de un roble. Aquí lo deposité en el suelo y me senté sobre él a descansar; y la vista de la soga me proporcionó una feliz inspiración. A los veinte minutos, mi tío, siempre en la bolsa, se hamacaba libremente en alas del viento.
"Yo había descolgado la soga y atado un extremo en la boca de la bolsa, pasando el otro por la pierna, levantándolo a unos cinco pies del suelo. Atando el otro extremo de la soga también alrededor de la boca de la bolsa, tuve la satisfacción de ver a mi tío convertido en un hermoso y gran péndulo. Debo agregar que él no estaba totalmente al tanto de la naturaleza del cambio que había experimentado en relación con el mundo exterior, aunque en justicia al recuerdo del buen hombre, debo decir que no creo que en ningún caso hubiera dedicado demasiado tiempo a un vano agradecimiento.
"El tío William tenía un carnero que era famoso como luchador en toda la región. Vivía en estado de indignación constitucional crónica. Algún profundo desengaño de su vida anterior le había agriado el carácter y había declarado la guerra al mundo entero. Decir que embestía cualquier cosa accesible es expresar muy levemente la naturaleza y alcance de su actividad militar: el universo era su rival, sus métodos los de un proyectil. Luchaba como los ángeles con los demonios: en medio del aire, hendiendo la atmósfera como un pájaro, describiendo una curva parabólica y descendiendo sobre su víctima en el ángulo justo de incidencia que más rendía a su velocidad y su peso. Su impulso, calculado en toneladas cúbicas, era algo increíble. Se le había visto destrozar un toro de cuatro años con un solo golpe dado en la nudosa frente del animal. No se conocía cerco de piedra que resistiera la fuerza de su golpe descendente; no había árboles bastante pesados para aguantarlo: los convertía en astillas y profanaba en la oscuridad el honor de sus hojas. Este bruto irascible e implacable, este trueno encarnado, este monstruo de los abismos, había visto yo que descansaba a la sombra de un árbol adyacente, sumido en sueños de conquistas y de gloria. Con miras de atraerlo al campo del honor, suspendí a su amo de la manera descrita.
"Completados los preparativos, impartí al péndulo de mi tío una suave oscilación y, retirándome a cubierto de una piedra contigua, lancé un largo grito estridente cuya nota final decreciente se ahogaba en un ruido como el de un gato protestando, ruido que emanaba de la bolsa. Instantáneamente el formidable lanar se paró sobre sus patas y comprendió la situación militar de un vistazo. En pocos minutos más se había acercado piafando hasta unos cincuenta metros de distancia del oscilante enemigo, que, ora avanzando, ora retirándose, parecía invitarlo a la riña. De pronto vi la cabeza de la bestia inclinada hacia tierra como abatida por el peso de sus enormes cuernos; luego el carnero se prolongó en una franja confusa y blanca directamente dirigida desde ese lugar, horizontalmente en dirección a un punto situado a unos cuatro metros por debajo del enemigo. Allí golpeó vivamente hacia arriba y, antes de que se hubiera borrado de mi mirada el lugar de donde había arrancado, oí un terrible porrazo y un grito desgarrador, y mi pobre tío fue disparado hacia adelante con un cabo suelto más alto que el miembro al que estaba atado. Aquí la soga se puso tensa de un tirón, deteniendo su vuelo, y fue enviado atrás otra vez, describiendo, sin resuelto, una curva de arco. El carnero se había caído -un indescriptible montón de patas, lanas y cuernos-, pero rehaciéndose y esquivando el vaivén descendente de su antagonista, se retiró sin orden ni concierto, sacudiendo alternativamente la cabeza o pateando con sus patas traseras. Cuando había retrocedido a más o menos la misma distancia que la que había usado para asestar el golpe, se detuvo nuevamente, inclinó la cabeza como en una plegaria por la victoria y otra vez salió disparado hacia adelante, confusamente visible como antes, un prolongado rayo blanquecino, con monstruosas ondulaciones y terminado en un vivo ascenso. Esta vez el curso del ataque dio en el ángulo exacto, comparado con el primero, y la impaciencia del animal era tan grande que golpeó al enemigo antes de que éste llegara al punto más bajo del arco. En consecuencia, mi tío empezó a volar dando círculos horizontales de un radio igual a la mitad de la longitud de la soga, que he olvidado decirlo, era de unos seis metros de largo. Sus alaridos, crescendo al ir hacia adelante y diminuendo al retroceder, hacían que la rapidez de sus revoluciones fuera más evidente para el oído que para la vista. Era obvio que aún no había recibido ningún golpe vital. La postura que tenía dentro de la bolsa y la distancia del suelo a que estaba colgado, obligaban al carnero a dedicarse a sus extremidades inferiores y al final de su espalda. Como una planta cuyas raíces han encontrado un mineral venenoso, mi pobre tío se iba muriendo lentamente hacia arriba.
"Después de asestar el segundo golpe, el carnero no había vuelto a retirarse. La fiebre de la batalla ardía fogosamente en el corazón del animal, su cerebro estaba ebrio del vino de la contienda. Como un púgil que en su ira olvida sus habilidades y pelea sin efectividad a distancia de medio brazo, la bestia enfurecida se empeñaba por alcanzar su volante enemigo cuando pasaba sobre ella, con torpes saltos verticales, consiguiendo a veces, en realidad, golpearlo débilmente, pero las más de las veces caía a causa de una ansiedad mal dirigida. Pero a medida que el ímpetu se fue agotando y los círculos del hombre fueron disminuyendo en tamaño y velocidad, acercándolo más al suelo, esta táctica produjo mejores resultados, produciendo una superior calidad de alaridos que disfruté plenamente.
"De pronto, como si las trompetas hubieran tocado tregua, el carnero suspendió las hostilidades y se marchó, frunciendo y desfrunciendo pensativamente su gran nariz aguileña, arrancando distraídamente un manojo de pasto y masticándolo con lentitud. Parecía cansado de las alarmas de la guerra y resuelto a convertir la espada en reja de arado para cultivar las artes de la paz. Siguió firmemente su camino, apartándose del campo de la fama, hasta que ganó una distancia de cerca de un cuarto de milla. Allí se detuvo, de espaldas al enemigo, rumiando su comida y en apariencia dormido. Observé, sin embargo, un giro ocasional, muy leve de la cabeza, como si su apatía fuera más afectada que real.
"Entretanto los alaridos del tío William habían menguado junto con sus movimientos, y sólo provenían de él lánguidos y largos quejidos, y a grandes intervalos mi nombre, pronunciado en tonos suplicantes, sumamente agradables a mi oído. Evidentemente el hombre no tenía la más leve idea de lo que le estaba ocurriendo y estaba inefablemente aterrorizado. Cuando la Muerte llega envuelta en su capa de misterio es realmente terrible. Poco a poco las oscilaciones de mi tío disminuyeron y finalmente colgó sin movimiento. Fui hacia él, y estaba a punto de darle el golpe de gracia, cuando oí y sentí una sucesión de vivos choques que sacudieron el suelo como una serie de leves terremotos, y, volviéndome en dirección del carnero, ¡vi acercárseme una gran nube de polvo con inconcebible rapidez y alarmante efecto! A una distancia de treinta metros se detuvo en seco y del extremo más cercano ascendió por el aire lo que primero tomé por un gran pájaro blanco. Su ascenso era tan suave, fácil y regular que no pude darme cuenta de su extraordinaria celeridad y me perdí en la admiración de su gracia. Hasta hoy me queda la impresión de que era un movimiento lento, deliberado, como si el carnero -porque tal era el animal- hubiera sido elevado por otros poderes que los de su propio ímpetu y sostenido en las sucesivas etapas de su vuelo con infinita ternura y cuidado. Mis ojos siguieron sus progresos por el aire con inefable placer, mayor aún por contraste, con el terror que me había causado su acercamiento por tierra. Hacia arriba y hacia adelante navegaba, la cabeza casi escondida entre las patas delanteras echadas hacia atrás, y las posteriores estiradas, como una garza que se remonta.
"A una altura de trece a quince metros, según pude calcular a ojo, llegó a su cenit y pareció quedar inmóvil por un instante; luego, inclinándose repentinamente hacia adelante, sin alterar la posición relativa de sus partes, se lanzó hacia abajo en pendiente con aumentada velocidad, pasó muy próximo a mí, por encima mío con el ruido de una bala de cañón y golpeó a mi pobre tío casi exactamente en la punta de la cabeza. ¡Tan espantoso fue el impacto que no sólo rompió el cuello del hombre sino que también la soga, y el cuerpo del difunto, lanzado contra el suelo, quedó aplastado como pulpa bajo la horrible frente del meteórico carnero! La sacudida detuvo todos los relojes desde Lone Hand a Dutch Dan, y el profesor Davidson, distinguida autoridad en asuntos sísmicos, que se encontraba en la vecindad, explicó de inmediato que las vibraciones fueron de norte a sudeste.
"Sin excepción, no puedo dejar de pensar que en punto a atrocidad artística, mi asesinato del tío William ha sido superado pocas veces."




-Ambrose Bierce-

jueves, 5 de febrero de 2009

El gigante egoísta

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.
-¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros.
Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.
-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante.
Los niños escaparon corriendo en desbandada.
-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:
ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDABAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES
Era un Gigante egoísta...
Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.
-¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros.
Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.
-La Primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.
-¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.
Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.
-No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo.
Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
-Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.
-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.
¿Y qué es lo que vio?
Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.
-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.
El Gigante sintió que el corazón se le derretía.
-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.
Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó al jardín.
-Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.
Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.
-Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
-No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito.
-Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante.
Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.
-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.
Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…
Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.
Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:
-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?
Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.
-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor.
-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.



-Oscar Wilde-

martes, 3 de febrero de 2009

El mar cambia

-Está bien -dijo el hombre-. ¿Qué decidiste?
-No -dijo la muchacha-. No puedo.
-¿Querrás decir que no quieres?
-No puedo. Eso es lo que quiero decir.
-No quieres.
-Bueno -dijo ella-. Arregla las cosas como quieras.
-No arreglo las cosas como quiero, pero, ¡por Dios que me gustaría hacerlo!
-Lo hiciste durante mucho tiempo.
Era temprano y no había nadie en el café con excepción del cantinero y los dos jóvenes que se hallaban sentados en una mesa del rincón. Terminaba el verano y los dos estaban tostados por el sol, de modo que parecían fuera de lugar en París. La joven llevaba un vestido escocés de lana; su cutis era de un moreno suave; sus cabellos rubios y cortos crecían dejando al descubierto una hermosa frente. El hombre la miraba.
-¡La voy a matar! -dijo él.
-Por favor, no lo hagas -dijo ella. Tenía bellas manos y el hombre las miraba. Eran delgadas, morenas y muy hermosas.
-Lo voy a hacer. ¡Te juro por Dios que lo voy a hacer!
-No te va a hacer feliz.
-¿No podías haber caído en otra cosa? ¿No te podrías haber metido en un lío de otra naturaleza?
-Parece que no -dijo la joven-. ¿Qué vas a hacer ahora?
-Ya te lo he dicho.
-No; quiero decir, ¿qué vas a hacer, realmente?
-No sé -dijo él-. Ella lo miró y alargó una mano-. ¡Pobre Phil! -dijo.
El hombre le miró las manos, pero no las tocó.
-No, gracias -declaró.
-¿No te hace ningún bien saber que lo lamento?
-No.
-¿Ni decirte cómo?
-Prefiero no saberlo.
-Te quiera mucho.
-Sí; y esto lo prueba.
-Lo siento -dijo ella-; si no lo entiendes ...
-Lo entiendo. Eso es lo malo. Lo entiendo.
-¿Sí? -preguntó ella-. ¿Y eso lo hace peor?
-Es claro -la miró-. Lo entenderé siempre. Todos los días y todas las noches. Especialmente por la noche. Lo entenderé. No tienes necesidad de preocuparte.
-Lo siento...
-Si fuera un hombre...
-No digas eso. No podría ser un hombre. Tú lo sabes. ¿No tienes confianza en mí?
-¡Confiar en ti! Es gracioso. ¡Confiar en ti! Es realmente gracioso.
-Lo lamento. Parece que eso es todo lo que pudiera decir. Pero cuando nos entendemos, no vale la pena pretender que hacemos lo contrario.
-No, supongo que no.
-Volveré, si quieres.
-No; no quiero.
Después no dijeron nada por un largo rato.
-¿No crees que te quiero, no es cierto? -preguntó la joven.
-No hablemos de tonterías.
-Realmente, ¿no crees que te quiero?
-¿Por qué no lo pruebas?
-Haces mal en hablar así. Nunca me pediste que probara nada. No eres cortés.
-Eres una mujer extraña.
-Tú no. Eres un hombre magnífico y me destroza el corazón irme y dejarte...
-Tienes que hacerlo, :por supuesto.
-Sí -dijo ella-. Tengo que hacerlo, y tú lo sabes.
Él no dijo nada. Ella lo miró y extendió la mano nuevamente. El cantinero se hallaba en el extremo opuesto del café. Tenía el rostro blanco y también era blanca su chaqueta. Conocía a los dos y pensaba que formaban una hermosa pareja. Había visto romper a muchas parejas y formarse nuevas parejas, que no eran ya tan hermosas. Pero no estaba pensando en eso, sino en un caballo. Un cuarto de hora más tarde podría enviar a alguien enfrente para saber si el caballo había ganado.
-¿No puedes ser bueno conmigo y dejarme ir? -preguntó la joven.
-¿Qué crees que voy a hacer?
Entraron dos personas y se dirigieron al mostrador.
-Sí, señor -dijo el cantinero y atendió a los clientes.
-¿Puedes perdonarme? ¿Cuándo lo supiste? -preguntó la muchacha.
-No.
-¿No crees que las cosas que tuvimos y que hicimos pueden influir en nuestra comprensión?
-"El vicio es un monstruo de tan horrible semblante -dijo el joven con amargura- que... -no podía recordar las palabras-. No puedo recordar la frase -dijo.
-No digamos vicio. Eso no es muy cortés.
-Perversión -dijo él.
-¡James! -uno de los clientes se dirigió al cantinero-. Estás :muy bien.
-También usted está muy bien, señor -replicó al cantinero.
-¡Viejo James! -dijo el otro cliente-. Estás un poco más gordo.
-Es terrible la manera como uno se pone -contestó el cantinero.
-No dejes de poner el coñac, James -advirtió el primer cliente.
-No. Confíe usted en mí.
Los dos que se hallaban en el bar miraron a los que se encontraban en la mesa y después volvieron a mirar al cantinero. Por la posición en que se encontraban les resultaba más cómodo mirar al encargado del bar.
-Creo que sería mejor que no emplearas palabras como esa -dijo la muchacha-. No hay ninguna necesidad de decirlas.
-¿Cómo quieres que lo llame?
-No tienes necesidad de ponerle nombre.
-Así se llama.
-No -dijo ella-. Estamos hechos de toda clase de cosas. Debieras saberlo. Tú usaste muchas veces esa frase.
-No tienes necesidad de decirlo ahora.
-Lo digo porque así te lo vas a explicar mejor.
-Está bien -dijo él-. ¡Está bien!
-Dices que eso está muy mal. Lo sé; está muy mal. Pero volveré. Te he dicho que volveré. Y volveré en seguida.
-No; no lo harás.
-Volveré.
-No lo harás. A mí, por lo menos.
-Ya lo verás.
-Sí -dijo él-. Eso es lo infernal, que probablemente quieras volver.
-Por supuesto que lo voy a hacer.
-Ándate, entonces.
-¿Lo dices en serio? -no podía creerle, pero su voz sonaba feliz.
-¡Ándate! -dijo el hombre. Su voz le sonaba extraña. Estaba mirándola. Miraba la forma de su boca, la curva de sus mejillas y sus pómulos; sus ojos y la manera cómo crecía el cabello sobre su frente. Luego el borde de las orejas, que se veían bajo el pelo y el cuello.
-¿En serio? ¡Oh! ¡Eres bueno! ¡Eres demasiado bueno conmigo!
-Y cuando vuelvas me lo cuentas todo -su voz le sonaba muy extraña. No la reconocía. Ella lo miró rápidamente. Él se había decidido.
-¿Quieres que me vaya? -preguntó ella con seriedad.
-Sí -dijo él duramente-. En seguida. -Su voz no era la misma. Tenía la boca muy seca-. Ahora -dijo.
Ella se levantó y salió de prisa. No se volvió para mirarlo. Él no era el mismo hombre que antes de decirle que se fuera. Se levantó de la mesa, tomó los dos boletos de consumición y se dirigió al mostrador.
-Soy un hombre distinto, James -dijo al cantinero-. Ves en mí a un hombre completamente distinto
-Sí, señor -dijo James.
-El vicio -dijo el joven tostado- es algo muy extraño, James. -Miró hacia afuera. La vio alejarse por la calle. Al mirarse al espejo vio que realmente era un hombre distinto. Los otros dos que se hallaban acodados en el mostrador del bar se hicieron a un lado para dejarle sitio.
-Tiene usted mucha razón, señor -declaró Jame,.
Los otros dos se separaron un poco más de él, para que se sintiera cómodo. El joven se vio en el espejo que se hallaba detrás del mostrador.
-He dicho que soy un hombre distinto, James -dijo. Y al mirarse al espejo vio que era completamente cierto.
-Tiene usted :muy buen aspecto, señor -dijo James-. Debe haber pasado un verano magnífico.




-Ernest Hemingway-

domingo, 1 de febrero de 2009

Sin puntuación

Comienza con los pulmones plenos lee de corrido el punto no viene ni siquiera como queda poco aire sigue sumergido las palabras se enfilan sin respiro enrojece las sienes se tensan se ahoga comprimen y nada y nada nada hasta reventar.



-Saúl Yurkievich, del libro Trampantojos-